Quando uccidere diventa un processo più rapido, più remoto e più efficiente, la barbarie smette di essere un’eccezione e funziona come un’industria
C’è stato un tempo in cui la guerra si decideva su mappe di carta, con ufficiali chini su un tavolo, chiamate radio e ore – a volte giorni – per verificare un’informazione prima di premere un bottone. Oggi, invece, la guerra comincia ad assomigliare a uno schermo: immagini satellitari, video di droni, sensori, coordinate e un’intelligenza artificiale che incrocia tutti questi dati in tempo reale. Questo sistema si chiama Progetto Maven, e comprenderlo permette di discernere una parte decisiva del nuovo potere militare USA.
Detto in modo semplice, Maven è uno strumento creato affinché l’esercito USA possa vedere di più, decidere più rapidamente e attaccare prima. Raccoglie enormi quantità di informazioni, la maggior parte da fonti aperte, che nessun analista umano potrebbe elaborare da solo, e le trasforma in «punti di interesse» o possibili obiettivi. Non sostituisce del tutto l’operatore, ma ne segna il ritmo. E quel ritmo non è più umano.
Il Pentagono iniziò a spingere seriamente questo progetto nel 2017, quando cercava algoritmi capaci di analizzare video di droni, rilevare oggetti e trasformare grandi volumi di immagini in intelligence utile ad alta velocità. Uno dei suoi primi partner fu Google. Ma quando si seppe che la società collaborava a questo programma militare, migliaia di lavoratori si ribellarono e chiesero la sua uscita dal progetto. Google cercò di presentarlo come una collaborazione per usi non offensivi, ma la pressione interna fu così forte che finì per ritirarsi. Quell’episodio mostrò molto presto che dietro il discorso amabile dell’innovazione, le grandi aziende tecnologiche stavano già entrando a pieno titolo nel meccanismo della guerra.
I dati aiutano a comprendere la portata del cambio. Nelle prime 24 ore della guerra contro l’Iran, gli USA attaccarono 1000 obiettivi, secondo Bloomberg. Dieci giorni dopo, la cifra era salita a 5000 obiettivi, un ritmo che prima avrebbe richiesto settimane. Lo stesso apparato militare aspira ad andare ancora oltre: identificare e selezionare 1000 obiettivi non in un giorno, ma in una sola ora.
Quando la guerra accelera in questo modo, si riduce anche il tempo per pensare, dubitare o verificare. Uno degli attacchi dell’esercito USA in Iran colpì una scuola e provocò la morte di almeno 175 persone, in maggioranza bambine. Il Pentagono può dire che il sistema aiuta solo a «identificare e raccomandare obiettivi», ma quando la catena decisionale accelera fino a questo estremo, il margine per correggere gli errori si restringe e la distanza tra una cattiva lettura dei dati e una carneficina è minima.
Maven non è stato costruito solo dal governo USA. Dietro ci sono Palantir, che ha sviluppato il Maven Smart System, e anche Amazon, Microsoft e Clarifai, tra altre società private. Vale a dire, la guerra non si fabbrica più solo in caserme e arsenali. Si progetta anche nelle grandi aziende tecnologiche che utilizziamo quotidianamente, il che ci dice che il vecchio complesso militare-industriale si è modernizzato, parla il linguaggio dell’innovazione e si appoggia su imprese che organizzano la nostra vita quotidiana digitale.
Per questo Maven conta al di là del campo di battaglia. Mostra un mondo in cui la guerra si privatizza, si automatizza e diventa opaca; un mondo in cui la decisione su chi vive e chi muore si sposta dal giudizio politico verso il calcolo tecnico. E quando uccidere diventa un processo più rapido, più remoto e più efficiente, la barbarie smette di essere un’eccezione e funziona come un’industria. È la versione moderna dei forni crematori dei fascisti tedeschi.
La guerra en manos del algoritmo
Cuando matar se convierte en un proceso más rápido, más remoto y más eficiente, la barbarie deja de ser una excepción y funciona como una industria
Emilia Reed
Hubo un tiempo en que la guerra se decidía sobre mapas de papel, con oficiales inclinados sobre una mesa, llamadas por radio y horas –a veces días– para verificar una información antes de apretar un botón. Hoy, en cambio, la guerra empieza a parecerse a una pantalla: imágenes de satélite, vídeos de drones, sensores, coordenadas y una inteligencia artificial que cruza todos esos datos en tiempo real. Ese sistema se llama Proyecto Maven, y entenderlo permite discernir una parte decisiva del nuevo poder militar de Estados Unidos.
Dicho de manera sencilla, Maven es una herramienta creada para que el ejército estadounidense pueda ver más, decidir más rápido y atacar antes. Recoge enormes cantidades de información, la mayoría de fuentes abiertas, que ningún analista humano podría procesar por sí solo y las convierte en «puntos de interés» o posibles objetivos. No sustituye del todo al operador, pero sí le marca el ritmo. Y ese ritmo ya no es humano.
El Pentágono comenzó a impulsar seriamente este proyecto en 2017, cuando buscaba algoritmos capaces de analizar vídeos de drones, detectar objetos y transformar grandes volúmenes de imágenes en inteligencia útil a gran velocidad. Uno de sus primeros socios fue Google. Pero cuando se supo que la empresa colaboraba con este programa militar, miles de trabajadores se rebelaron y exigieron su salida del proyecto. Google intentó presentarlo como una colaboración para usos no ofensivos, pero la presión interna fue tan fuerte que acabó retirándose. Ese episodio mostró muy pronto que detrás del discurso amable de la innovación, las grandes tecnológicas ya estaban entrando de lleno en la maquinaria de guerra.
Los datos ayudan a entender la magnitud del cambio. En las primeras 24 horas de la guerra contra Irán, Estados Unidos atacó mil objetivos, según Bloomberg. Diez días después, la cifra había subido a 5 000 objetivos, un ritmo que antes habría requerido semanas. El propio aparato militar aspira a ir todavía más lejos: identificar y seleccionar 1 000 objetivos no en un día, sino en una sola hora.
Cuando la guerra se acelera de esta manera, también se reduce el tiempo para pensar, dudar o verificar. Uno de los ataques del ejército estadounidense en Irán alcanzó una escuela y provocó la muerte de al menos 175 personas, en su mayoría niñas. El Pentágono puede decir que el sistema ayuda solo a «identificar y recomendar objetivos», pero cuando la cadena de decisión se acelera hasta este extremo, el margen para corregir errores se achica y la distancia entre una mala lectura de datos y una carnicería es mínima.
Maven no lo ha construido solo el Gobierno estadounidense. Detrás están Palantir, que desarrolló Maven Smart System, y también Amazon, Microsoft y Clarifai, entre otras compañías privadas. Es decir, la guerra ya no se fabrica solo en cuarteles y arsenales. También se diseña en las grandes tecnológicas que utilizamos a diario, lo que nos dice que el viejo complejo militar-industrial se ha modernizado, habla el lenguaje de la innovación y se apoya en empresas que organizan nuestra vida cotidiana digital.
Por eso Maven importa más allá del campo de batalla. Muestra un mundo en el que la guerra se privatiza, se automatiza y se torna opaca; un mundo en el que la decisión sobre quién vive y quién muere se desplaza del juicio político hacia el cálculo técnico. Y cuando matar se convierte en un proceso más rápido, más remoto y más eficiente, la barbarie deja de ser una excepción y funciona como una industria. Es la versión moderna de los hornos crematorios de los fascistas alemanes.
