Quanto sta accadendo in Colombia fa parte della strategia regionale che cerca di destabilizzare i governi popolari
Le tensioni politiche in Colombia non sono diminuite dopo il recente processo elettorale. E l’ingerenza in America Latina, come sempre, continua ad essere all’ordine del giorno.
Le elezioni, disputate con meno dell’1% di differenza, praticamente un pareggio tecnico, hanno lasciato uno scenario di alta conflittualità. Il governo uscente ha denunciato una serie di incongruenze e malversazioni del voto, sia all’interno del Paese che all’estero.
Il presidente Gustavo Petro ha dichiarato che Abelardo de la Espriella “non ha vinto” legittimamente e che le elezioni sono state così manipolate da rappresentare una frode ai danni di Iván Cepeda, poiché gli algoritmi di sicurezza sarebbero stati viziati e soggetti a manipolazione per favorire De la Espriella.
Dal Pacto Histórico, Cepeda ha posto condizioni chiare per riconoscere un’eventuale presa di possesso di De la Espriella: rinunciare alla cittadinanza statunitense, chiarire qualsiasi legame con agenzie di sicurezza di quel Paese, come la DEA o la CIA, garantire il rispetto della sovranità nazionale e cessare ogni azione volta a promuovere indagini contro oppositori in giurisdizioni straniere.
Ma l’ingerenza non arriva solo da Washington, opera anche attraverso imprese private, attraverso il potere economico e attraverso il modo in cui queste, per le conseguenze del neoliberismo, condizionano le istituzioni dello Stato. Nel caso colombiano, la società che si è occupata della logistica integrale delle giornate elettorali è stata Thomas Greg & Sons, i cui principali proprietari sono i fratelli Bautista, che hanno avuto legami con il governo colombiano per più di un decennio, con contratti diretti col Ministero degli Esteri acquisizioni dirette nella Cancelleria che sono state rimosse da Gustavo Petro. La stessa società che ha intentato una causa contro la Colombia. La sua base è negli USA e manovra da Miami, città che da anni si è consolidata come il bastione dell’opposizione latinoamericana che crede che, rimanendo più tempo in terra gringa, otterrà il riconoscimento degli yankee.
La risposta di De la Espriella non si è fatta attendere. Pur non essendo ancora insediato come presidente, ha istigato alla sedizione e alla ribellione da parte dei militari per disconoscere gli ordini del presidente costituzionale. Questo è, chiaramente, un appello a un colpo di Stato contro un mandatario eletto democraticamente nel 2018.
Inoltre, De la Espriella ha annunciato che firmerà un decreto per creare il Blocco di Difesa per la Sicurezza Urbana, il che in pratica significa la presa paramilitare delle città. L’ultimo capitolo di questo tipo di azioni si è vissuto durante lo Sciopero Nazionale del 2021, quando circa 400 persone sono scomparse in meno di due settimane. Siamo, ancora una volta, di fronte a uno shock militare.
Quanto sta accadendo in Colombia fa parte della strategia regionale che cerca di destabilizzare i governi popolari, imporre candidati allineati con gli interessi di Washington e sottomettere i popoli latinoamericani alla logica dell’impero. L’ingerenza è il metodo. Il saccheggio, l’obiettivo. Ancora una volta.
E mentre i riflettori puntano sulle irregolarità elettorali, la minaccia reale si addensa sulla democrazia colombiana: un golpe con parvenza militare, validato da media egemonici e finanziato dall’estero. La Colombia non può permettere che il suo futuro venga deciso a Miami né che le sue strade vengano prese dai paramilitari.
La resistenza, come sempre, sarà nel popolo. Ma ha anche bisogno di voci che denuncino, che smascherino, che non tacciano di fronte all’avanzata del fascismo in America Latina.
Colombia bajo asedio: fraude, injerencia y amenaza de golpe de Estado
Lo que está ocurriendo en Colombia es parte de la estrategia regional que busca desestabilizar gobiernos populares
Las tensiones políticas en Colombia no han cedido tras el reciente proceso electoral. Y la injerencia en América Latina, como siempre, sigue siendo el pan de cada día.
Las elecciones, disputadas con menos del 1% de diferencia, prácticamente un empate técnico, dejaron un escenario de alta conflictividad. El oficialismo salió a denunciar una serie de inconsistencias y malversación del voto, tanto dentro del país como en el exterior.
El presidente Gustavo Petro declaró que Abelardo de la Espriella “no ganó” legítimamente y que las elecciones fueron tan manipuladas que representarían un fraude contra Iván Cepeda, pues los algoritmos de seguridad habrían sido viciados y sujetos a manipulación para favorecer a De la Espriella.
Desde el Pacto Histórico, Cepeda puso condiciones claras para reconocer una eventual posesión de De la Espriella: renunciar a la ciudadanía estadounidense, aclarar cualquier vínculo con agencias de seguridad de ese país, como la DEA o la CIA, garantizar el respeto a la soberanía nacional y cesar toda acción orientada a promover investigaciones contra opositores en jurisdicciones extranjeras.
Pero la injerencia no solo llega desde Washington, también opera a través de empresas privadas, del poder económico y de cómo estas, por las secuelas del neoliberalismo, condicionan las instituciones del Estado. En el caso colombiano, la empresa que se encargó de la logística integral de las jornadas electorales fue Thomas Greg & Sons, cuyos principales dueños son los hermanos Bautista, quienes tenido vínculos con el gobierno colombiano durante más de una década, con adquisiciones directas en la Cancillería que fueron removidas por Gustavo Petro. La misma empresa que presentó un juicio contra Colombia. Su base está en Estados Unidos y maniobra desde Miami, ciudad que desde hace años se ha consolidado como el bastión de la oposición latinoamericana que cree que, por permanecer más tiempo en tierra gringa, logrará el reconocimiento de los yanquis.
La respuesta de De la Espriella no se hizo esperar. Sin ser aún posicionado como presidente, ha instigado a la sedición y rebelión por parte de los militares para desconocer las órdenes del presidente constitucional. Eso es, lisa y llanamente, un llamado a un golpe de Estado contra un mandatario elegido democráticamente en 2018.
Además, De la Espriella anunció que firmará un decreto para crear el Bloque de Defensa para la Seguridad Urbana, lo que en la práctica significa la toma paramilitar de las ciudades. El último capítulo de ese tipo de acciones se vivió durante el Paro Nacional de 2021, cuando alrededor de 400 personas fueron desaparecidas en menos de dos semanas. Estamos, una vez más, ante un shock militar.
Lo que está ocurriendo en Colombia es parte de la estrategia regional que busca desestabilizar gobiernos populares, imponer candidatos alineados con los intereses de Washington y someter a los pueblos latinoamericanos a la lógica del imperio. La injerencia es el método. El saqueo, el objetivo. Una veez más
Y mientras los reflectores apuntan a las irregularidades electorales, la amenaza real se cierne sobre la democracia colombiana: un golpe con ropaje militar, validado por medios hegemónicos y financiado desde el extranjero. Colombia no puede permitir que su futuro se decida en Miami ni que sus calles sean tomadas por paramilitares.
La resistencia, como siempre, estará en el pueblo. Pero también necesita voces que denuncien, que desenmascaren, que no se callen ante el avance del fascismo en América Latina.
